El domingo por la tarde le duele la guata. El lunes cuesta levantarla, y cuando le preguntas cómo le fue en el colegio, responde “bien” y nada más. Casi no menciona a compañeras, o habla siempre de la misma persona, o dice que “nadie cae tan bien”. En el recreo se queda en la biblioteca o con el celular, y almuerza sola o con quien queda cerca. Los sábados no tiene planes, y cuando alguien la invita, dice que no tiene ganas, aunque tú sospechas que en el fondo sí le gustaría ir. Quizás llega más callada o irritable, o se encierra en su pieza apenas entra a casa.
Si algo de esto te suena, no eres la única persona que se hace estas preguntas. Cuando una hija adolescente no logra integrarse, las dudas de los padres suelen ser parecidas. Estas son las que más escucho, y lo que respondo.
¿Es solo timidez?
A veces sí, y no hay nada que corregir: hay adolescentes que prefieren pocos amigos y están bien así. La señal que conviene mirar es otra: si quiere acercarse a los demás pero el miedo se lo impide, si se angustia antes de ir al colegio, si evita cosas que antes disfrutaba. Ahí ya no es solo un tema de preferencias, es miedo que le está quitando algo que quiere.
¿Por qué le cuesta tanto?
Lo que casi nunca se ve desde afuera es lo que ocurre por dentro. Quizás tu hija ensaya en su cabeza lo que va a decir y, cuando llega el momento, no le sale. A veces se queda mirando al grupo, pensando cómo entrar, hasta que la conversación ya cambió de tema. Puede que crea que, si se acerca, van a pensar que es rara o que molesta, y prefiere no arriesgarse.
Y cuando se queda al margen, siente alivio por un rato, pero también se siente más sola, y cada vez que se repite, acercarse da más miedo. Es un círculo que no se corta con voluntad: no es que no quiera, es que el miedo le gana.
¿La obligo a salir?
Obligarla suele aumentar el miedo y la resistencia, y puede que ella escuche detrás un “hay algo mal conmigo”. Pero dejar que se aísle del todo tampoco ayuda. Un camino intermedio es proponer planes pequeños, con algo que le interese y con la opción de que la acompañes, y respetar cuando dice que no, sin dejar de volver a proponer más adelante. Evita las preguntas que suenan a reproche, como “¿por qué no tienes amigas?”, y prefiere describir lo que ves: “he notado que te cuesta ir al colegio”.
¿La cambio de colegio?
Depende. Un cambio puede ayudar si hay burlas, exclusión o un grupo que la hace sentir mal. Pero si lo que pesa es el miedo a acercarse, es posible que lleve ese mismo miedo al colegio nuevo, además del cansancio de empezar de cero. Conviene entender primero qué está pasando, antes de tomar una decisión.
¿Y si es acoso?
Hay que descartarlo, porque cambia lo que hay que hacer. Algunas señales: no quiere ir por una persona o un grupo en particular, aparecen cosas perdidas o dañadas, evita el celular o las redes, o se ve peor después de revisar mensajes. Pregúntale con calma y de forma concreta si hay alguien que la hace pasar un mal rato. Si dice que no, vuelve a preguntar otro día, porque a veces cuesta contarlo. Y si hay burlas o exclusión, habla con el colegio.
¿Qué se hace en terapia?
No se trata de que tenga muchas amigas ni de que cambie de un día para otro. Se trata de que pueda acercarse a otros aunque le dé miedo, de a poco y a su manera.
Desde la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) se parte por lo que busca tu hija: qué tipo de amiga quiere ser y qué le importa de tener cerca a alguien. Luego se mira junto con ella qué hace cuando aparece el miedo, como quedarse en la biblioteca o mirar el celular, qué le da eso en el momento y qué le quita después.
Con eso se arman acercamientos pequeños, elegidos con ella. Por ejemplo, si le gusta dibujar y hay otra compañera que también dibuja, un primer paso muy pequeño puede ser decirle que le gustó un dibujo suyo. No se espera que se hagan amigas: se busca que compruebe que puede acercarse con miedo y que no pasa lo terrible que imaginaba. Después se conversa cómo le fue, qué sintió y cuál podría ser el siguiente paso. Y también se trabaja cómo seguir cuando algo sale mal, porque va a pasar.
A los padres los incluimos para conversar cómo responder cuando ella cuenta algo del colegio, sin ponerse a resolverlo ni a hacerle demasiadas preguntas, cómo proponer planes sin presionarla, y cómo reconocer sus pequeños intentos aunque no salgan perfectos.
¿Cuánto toma?
No hay un plazo único, y prometer uno no sería honesto. Cada paso, como saludar o sentarse con alguien, puede ser difícil al comienzo, y los avances suelen ser irregulares: semanas mejores y otras en que parece retroceder. Más que cuántas amigas tenga, lo primero que puede notarse son cosas pequeñas: que cuente algo del colegio, que vaya con menos angustia, que intente acercarse aunque salga mal.
Cuándo consultar
Conviene consultar cuando la angustia de ir al colegio dura semanas, cuando empieza a faltar o a aislarse en casa, cuando se le ve triste o decaída, o cuando hay burlas o exclusión. Si además aparecen pensamientos de hacerse daño, busca ayuda de inmediato.
¿Reconoces esto en tu hija? Atiendo online a adolescentes de 10 a 21 años y a sus familias, desde la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT).