“Siento que no soy yo.” “Es como si me viera desde afuera.” “Todo se ve raro, como si no fuera real.” “Me miro al espejo y no me reconozco.”
Quizás tu hijo o hija te lo ha contado así, con dificultad, porque cuesta encontrar palabras para algo tan extraño. O quizás solo lo has notado más callado, más distante, como si estuviera presente pero en otro lugar.
Esta sensación tiene un nombre: despersonalización cuando se siente en uno mismo (“no soy yo”) y desrealización cuando se siente en lo que lo rodea (“nada es real”). A veces aparece en momentos de mucho estrés, cansancio o ansiedad, y suele asustar bastante, tanto a quien la siente como a su familia.
Es posible que, cuando se siente así, tu hijo o hija empiece a darle muchas vueltas: por qué le pasa, qué significa, si algo anda mal en su cabeza, si se va a quedar así. Quizás se revise todo el tiempo para ver si la sensación sigue ahí, o busque información sin parar.
Y sin darse cuenta, entre tratar de entenderlo y tratar de quitárselo, termina muy pendiente de la sensación, y mientras más atención recibe, más se nota. Así, su vida puede terminar girando en torno a eso: lo que hace, lo que deja de hacer, con quién se junta y a qué planes dice que no, todo empieza a decidirse según cómo se sienta ese día.
No todos los adolescentes lo viven igual, pero si algo de esto te suena, vale la pena entender qué hay detrás.
Qué hay detrás
Aunque se sienta muy extraño, lo que describe tu hijo o hija es una experiencia conocida: una sensación de desconexión, de estar mirando la vida desde afuera, que puede aparecer con estrés, cansancio o ansiedad, y que en algunos casos también se relaciona con experiencias difíciles. No significa que se esté volviendo loco: sabe que lo que ve es real, y justamente por eso le resulta tan desconcertante.
Y como a nadie le gusta sentirse así, es natural que intente deshacerse de la sensación: entenderla, vigilarla, esperar a que se le pase. El problema es que ese esfuerzo puede mantenerla, porque lo deja siempre pendiente de ella.
Cómo se trabaja en terapia
No existe una forma rápida de hacer que esta sensación desaparezca, y prometerlo no sería honesto. Lo que sí se puede es cambiar la forma en que tu hijo o hija se relaciona con ella, y eso toma tiempo.
Desde la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), un primer paso suele ser mirar juntos todo lo que ha intentado hasta ahora: buscar respuestas, revisarse, distraerse, esperar a que pase. Casi siempre ha probado mucho, y casi siempre ha funcionado a medias o por poco tiempo. Reconocerlo no es un reproche, es el punto de partida: ayuda a ver que quizás el problema no es que no se haya esforzado lo suficiente, sino que el esfuerzo mismo lo mantiene pendiente de la sensación.
Desde ahí se practica algo que, al principio, resulta incómodo y hasta contradictorio: dejar de pelear con la sensación. Esto no significa ignorarla, resignarse ni hacer como que no existe. Significa dejar de hacer lo que hoy hace para quitársela, como preguntarse qué le pasa, revisarse o esperar a que se le pase, y permitir que esté ahí mientras sigue con lo que estaba haciendo.
Por ejemplo, si en medio de una clase aparece la sensación de que todo es irreal, en vez de ponerse a pensar “¿qué me pasa?, ¿se me va a pasar?”, puede notarlo (“ahí está otra vez”) y volver a escuchar al profesor. La sensación puede seguir un rato, pero ya no se lleva toda su atención ni decide lo que hace.
Al principio cuesta mucho, porque lo natural es empujarla o revisarla, y por eso se parte por ratos muy breves y con acompañamiento.
Poco a poco se va retomando lo que había quedado en pausa, como salir con sus amigos o participar en clases, aunque la sensación esté presente. No siempre sale bien ni va en línea recta: habrá días mejores y días peores, y los días difíciles también son parte del trabajo.
A los padres también los incluimos, porque tu hijo o hija necesita que en casa lo escuchen sin que cada conversación termine en buscar explicaciones o en asegurarle que todo está bien. Se acuerda cómo acompañar para que pueda seguir con su vida mientras trabaja en esto.
Es una experiencia que todavía se ha estudiado poco en adolescentes, por eso el trabajo se va ajustando a cada caso y a cómo responde.
Cuándo consultar
Conviene consultar cuando la sensación dura varias semanas, cuando le quita actividades o amistades, cuando le genera mucha angustia, o cuando sientes que no sabes cómo ayudarle. Un primer paso es una evaluación con un profesional de salud, que revise si hay algo médico, de sueño, de consumo u otro factor que esté influyendo. Si además aparecen pensamientos de hacerse daño, busca ayuda de inmediato.
¿Reconoces esto en tu hijo o hija? Atiendo online a adolescentes de 10 a 21 años y a sus familias, desde la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT).