Terminó el colegio hace unos meses. Al principio parecía un descanso merecido, pero el descanso se alargó. Se levanta cerca del mediodía, pasa buena parte del día en su pieza y, cuando le preguntas qué piensa hacer, responde "no sé" o "después veo". Mientras tanto, sus compañeros entraron a la universidad, empezaron a trabajar o se fueron de viaje.
Para muchos padres, esta etapa es más difícil de lo que imaginaban. Se mezclan la preocupación, la impaciencia y, a veces, el cansancio de repetir las mismas preguntas sin obtener respuesta. También aparece la duda de si deberías exigir más o tener más paciencia. Sentir todo eso es parte de querer lo mejor para tu hijo o hija.
Cómo se ve en el día a día
A primera vista puede parecer que no hace absolutamente nada, pero eso no suele ser así. Lo más común es que su día a día esté lleno de actividades que, por sí solas, no lo llevan hacia ninguna parte: series, videojuegos, redes sociales, salir con amigos de vez en cuando. Cuando se toca el tema del futuro, cambia de conversación, se irrita o promete que "la próxima semana" va a buscar algo.
Quizás, antes de llegar a este punto, hizo algunos intentos. Se inscribió en un preuniversitario y dejó de ir, o postuló a un trabajo y, cuando no lo llamaron, no volvió a intentarlo. Desde fuera puede parecer falta de persistencia, pero tu hijo o hija suele vivirlo de otra manera.
Lo que muchas veces vive tu hijo o hija
Cuando un joven está en esta situación de "no querer hacer nada que tenga que ver con el futuro", muchas veces describe miedo a equivocarse y a no ser capaz de enfrentar lo que viene. A veces, además, se siente atrasado respecto de los demás o no sabe qué quiere. Una forma de lidiar con todo eso es evitar el tema y no tomar ninguna decisión. Pero cuanto más tiempo pasa sin decidir, más grande se hace el miedo.
En otros casos hay algo más: un ánimo bajo que viene de antes, una experiencia escolar que lo dejó con poca confianza en sí mismo, o el cansancio de años de exigencia. Por eso conviene no sacar conclusiones solo a partir de lo que se ve en la casa.
Lo que suele pasar en la familia
Es frecuente que la casa empiece a girar en torno al tema. Un padre insiste y el otro prefiere esperar; las comidas se vuelven tensas; cada pregunta, por bien intencionada que sea, se vive como un reclamo. A veces los hermanos o los abuelos opinan, y la presión se multiplica.
Lo difícil es que ni exigir más ni dejar pasar el tiempo suelen ayudar por sí solos. Cuando la presión aumenta, muchos jóvenes se encierran más; cuando nadie toca el tema, la postergación se instala aún más. No hay una fórmula que sirva para todas las familias: depende mucho de la historia, de la relación con tu hijo o hija y de lo que esté viviendo.
A esta edad, el rol de los padres cambia
Con 18 o 19 años, tu hijo o hija ya toma muchas decisiones por sí mismo, aunque siga viviendo en la casa y dependiendo económicamente de sus padres. Eso hace que la relación tenga que reorganizarse: los padres ya no deciden por él o ella, pero siguen siendo una parte importante de sus decisiones.
Por eso, a veces lo que más mueve la situación no es una conversación sobre qué va a estudiar, sino sobre cómo van a convivir mientras decide: qué se espera de él o ella en la casa, qué apoyo están dispuestos a darle y por cuánto tiempo. Cada familia llega a acuerdos distintos. En otras, antes de eso hace falta recuperar la posibilidad de conversar, porque el tema está tan cargado que cualquier pregunta termina en discusión.
Cuándo conviene consultar
Vale la pena una evaluación profesional si esta situación lleva varios meses, si notas que tu hijo o hija dejó de disfrutar cosas que antes le gustaban, si se aísla de sus amigos, si sus horarios de sueño se desordenaron mucho o si habla de sí mismo con desprecio. También cuando la tensión en la casa es tan alta que ya no logran conversar. Puedes leer más en cómo saber si tu hijo adolescente está deprimido.
Si en algún momento dice que no quiere seguir viviendo o que estaría mejor sin estar, busca ayuda de inmediato con un profesional o en un servicio de urgencia.
Cómo se trabaja en terapia
A esta edad, la terapia funciona mejor cuando el joven siente que es un espacio propio y no una exigencia más de sus padres. Si le cuesta aceptar la idea, puede servirte mi hijo adolescente no quiere ir al psicólogo.
Comienzo con una evaluación para entender qué está pasando, no solo con los estudios o el trabajo. Luego acordamos con él o ella objetivos concretos que podamos observar. Desde la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), el trabajo apunta a que pueda identificar qué le importa y dar pasos hacia eso. No se trata de tomar la decisión perfecta, sino de volver a moverse, aunque sienta miedo o inseguridad.
Con los padres también es necesario trabajar, porque la forma en que se conversa en la casa y cómo se maneja la situación influyen mucho en lo que el joven hace en esta etapa.
Preguntas frecuentes
Mi hijo de 20 años no quiere hacer nada, ¿es flojera o algo más?
No es posible saberlo solo desde fuera. Cuando un joven se activa con lo que le gusta, pero evita todo lo relacionado con el futuro, puede haber miedo o inseguridad. Cuando el desánimo abarca casi todo, conviene una evaluación.
¿Es un problema tomarse un año antes de estudiar?
No necesariamente. Para muchos jóvenes un año sin estudiar es útil, sobre todo si lo usan para trabajar, explorar o pensar. Lo que suele preocupar no es el año en sí, sino cuando pasa el tiempo sin ningún tipo de movimiento.
Mi hija de 19 años duerme mucho y no hace nada, ¿debo preocuparme?
Dormir más es frecuente a esta edad, pero si se acompaña de aislamiento, desinterés o tristeza, vale la pena consultar. Lo explico con más detalle en mi hijo adolescente duerme mucho.
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¿Tu hijo o hija terminó el colegio y no logra dar el siguiente paso? Atiendo online a adolescentes y jóvenes de 10 a 21 años y a sus familias.
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